Pedro y Pituca, nacidos en chozas
vecinas, desde los tres años al cuidado de las manadas de ovejas,
habían crecido compartiendo el pobre fiambre de mote frío y chuño
cocido al vapor, corriendo campos iguales y contándose cuentos al borde de las zanjas
festonadas de matecillo y de grama. Pituca, aunque la menor, entró la primera
en la edad de las efervescencias del alma que suspira por otra alma. Sus negros
ojos adquirieron mayor brillo y sus pupilas respiraban fuego.
Pedro, tal vez más tranquilo, comenzó
a ver que solo al lado de Pituca se sentía bien, y los días de faena,
en que tenía que suplir a su padre e iba al pueblo, taciturno y caviloso,
respiraba por la choza, por la manada y por la zanja.
Un día, sentando a Pituca sobre
su falda:
“Urpillay- le dijo - Mi padre, mi
hermano mayor, el compadre
Huancachoque, todos tienen su
mujercita.
¿Quieres ser tú mi palomita
compañera?
Yo correré el malccoy este año, ¡ay!,
lo correré por ti y si tengo tu palabra, no habrá venado que me dispute la
carrera”
“Córrela, Pedrucha- contestó Pituca
porque yo seré buena mujercita para ti, pues dormida sueño contigo, tu nombre
sopla a mi oído los machulas de otra vida, y despierta cuanto te
ausentas, me duele el corazón.
Escupe al suelo” respondiéndole Pedro
abrazándola, y aquel compromiso quedo sellado así.
Aquella vez eran las planicies de
Hatunccolla, en la finca de mi padre, las que servían de teatro a las poéticas
fiestas de esos buenos indios.
Comenzaron a llegar las indias
acompañadas de sus hijas.
En el solar de la izquierda, llamado
Tinaco, se reunieron los varones: para la designación de los malccos. La voz
unánime señala a Pedro y a Sebastián. Este último era un indiecito de carillos
de terebinto, trenza de azabache y mirada de cernícalo. La mirada de
su madre produjo ligera reacción en el semblante de Chapacucha, y con rapidez
prodigiosa quedaron él y su contendor, adornos con lliclla colorada,
terciada como banda, un birrete de lana de colores y hojotas con tientos
corredizos. Se midió la distancia, la señal de la bocina sonó y los dos
mancebos se lanzaron al aire como gamos perseguidos por tirano cazador.
Pituca tenía el corazón en
los ojos. Veinte pasos más, y Pedro traspasó el lindero.
La victoria quedo por él. Chapacucha
con calmosa indiferencia fue el primero que abrazó a su vencedor diciéndole al
oído: “Tuya es, pero, ¡me duele por mi madre"
Pituca tardaba en abrazarlo. Porque
es usanza aguardar que lo hagan los mayores.
Por fin, adelantase hermosa y risueña
con la felicidad del alma, y antes que coronase las sienes de Pedrucha vio caer
a sus pies todas las flores con que aquel estaba adornado, señalándola ante la
asamblea y diciendo en voz alta:
“Esta es la virgen que he ganado”.
Los indios tienen
el corazón lleno ternura y de generosidad, sus goces se confunden
íntimamente. Chapacucha y su madre olvidaron que formaban número en la
contienda, y solo pensaron en complementar a la dichosa pareja, cuya
felicidad fueron todos los yaravíes cantados en el Malccoy.
enlace del cuento:
malccoy